30 d’abril 2006

La decadencia del lector

JOSÉ MARÍA GUELBENZU
EL PAÍS - Opinión - 06-02-2004

La decadencia de la novela o la decadencia de la lectura son dos asuntos socio-literarios de resonancia que periódicamente aparecen en la discusión pública con un tono lamentatorio, nostálgico y, en ocasiones, razonablemente masoquista. De lo que se habla menos es de la decadencia del lector, como si éste fuera una pieza inamovible del juego, como si la decadencia de la novela o de la lectura fuese un asunto que perteneciera a un estado de la realidad ajeno a la presencia concreta del lector. El lector aparece entonces como víctima de un plan general de degradación del conocimiento y como un ente pasivo sujeto a los vaivenes y conflictos de la sociedad de consumo.

La decadencia de la novela suele atribuirse al agotamiento de un género que ha reinado durante un par de siglos en el mundo de la literatura. La decadencia de la lectura se atribuye a su vez a la invasión de lo audiovisual en la vida de las personas. En lo que se refiere a lo primero, la historia demuestra que las nuevas formas de expresión no arrumban necesariamente a las antiguas, sino que, más bien, las resitúan. En cuanto a lo segundo, el lenguaje del impacto (la imagen) sólo demuestra ser más asequible, por lo inmediato, que el lenguaje de la reflexión (la palabra), pero no hay sustitución, sino, en todo caso, posición dominante.

Al mismo tiempo, en nuestro país la novela ha alcanzado cotas de difusión ciertamente notables. Se venden más libros que antes y se leen más libros que antes. La idea de que los libros se compran, pero no se leen, me parece indemostrada y, referida a la novela, sospecho que bien dudosa. En España hay más lectores que nunca y se venden más libros que nunca. También se edita más que nunca, de manera desproporcionada con respecto a la clientela real, pero eso tiene que ver con la saturación del mercado, no con el índice de lectura. El alarmismo me parece infundado, lo que no desdice del hecho de que seamos un país con índices de lectura inferiores a los de países tradicionalmente más lectores, como Francia, Inglaterra o Alemania.

Otra cosa es lo que se lee. Como decía al principio, no se habla nunca de la decadencia del lector. Y, sin embargo, lo que puede explicar el fenómeno de que se lea más y de que, paradójicamente, la literatura sea de peor calidad es, justamente, un asunto que compete a esa figura que, en principio, es calurosamente apreciada —debido al mérito de su esfuerzo implícito para encarar la página escrita— frente a la que se deja invadir pasivamente por la imagen: el lector.

El alimento del lector es el libro. En el caso de la novela, admitimos que se editan más novelas y se lee más, pero la calidad del producto decae de manera alarmante. Este aparente contrasentido lo sería si olvidamos a la pieza objeto de este artículo: el lector. En mi opinión, lo que ha descendido no sólo en España, sino también en los países que antes citaba como ejemplos de índice de lectura, es la calidad del lector, porque la calidad de la mejor literatura no ha cedido. Pero refiriéndonos a España, me atrevo a conjeturar que el cambio de proporciones entre lector selectivo (que escoge y progresa) y lector común (que sólo exige más de lo mismo) a favor de este último se debe sobre todo a la incorporación de nuevos lectores. Vivimos en una sociedad lo suficientemente rica como para permitirse comprar libros y lo suficientemente deseosa de autoafirmación como para leerlos. El problema es de criterio. La estructura social puede hoy en día modificarse con rapidez —de una dictadura a una democracia, por ejemplo evidente—, pero el criterio es un asunto de largo plazo.

Una de las rémoras de la democracia súbita es que se confunde con harta frecuencia la opinión con el criterio. Opinión tiene cualquiera, pero una opinión que no se funda en un criterio no pasa de ser una inconsecuencia. El criterio se adquiere como se adquiere el conocimiento: por la experiencia y el estudio. En otras palabras: no todas las opiniones son igual de válidas, del mismo modo que el lema "un hombre, un voto" sólo vale para votar, no para tener razón. La razón se adquiere de manera bien distinta y harto más trabajosa. Valga como ejemplo de torpeza encubierta de liberalidad aquel lema que hizo furor hace años en USA ("I'm good, you're good"), que no era el signo de igualitarismo que pretendía ser, sino de mera estupidez.

Tópico cómplice en el mundo intelectual es el enunciado que dice que "en España sólo hay unos diez mil buenos lectores"; si a esta frase le añadimos la exagerada, pero significativa, de Félix de Azúa: "Somos la última generación que ha leído", vendremos a concluir que, paradójicamente, a medida que aumenta la cifra de lectores generales, disminuye, si la muerte hace bien su trabajo, la de buenos o selectos lectores; es decir, no parecen tener repuesto. ¿Serán a la larga estos últimos una especie en extinción y serán liquidados bien por las mayorías adictas al mínimo esfuerzo, bien por las inmensas minorías victimistas y sustitutivas del intelectual universal a las que Harold Bloom agrupa bajo la denominación de "Escuela del Resentimiento"?

Recuerdo una reunión en Alemania en la que participábamos Juan Benet, Álvaro Pombo, Montse Roig y yo mismo, junto con los redactores de un suplemento cultural de prestigio, creo que el de Die Zeit, en el que nos preguntaron por qué los intelectuales alemanes apenas conocían la literatura española contemporánea y, en cambio, los españoles estaban al día en literatura alemana contemporánea. Juan Benet, con su mordacidad habitual, contestó: "Porque ustedes son lo suficientemente ricos como para permitirse ser provincianos y nosotros somos aún lo suficientemente pobres como para necesitar ser cosmopolitas". El valor actual del confort consumista y la nueva imagen ciudadana de que el libro pertenece al estatus actual es una de las razones por las que se ha reblandecido el acto de leer.

Otra razón de importancia es que el lector de nuevo cuño carece de tradición, carece de criterio y ha empezado a leer al apagar la televisión, no antes de que ésta llegara a casa. Confía en sí como todo el mundo confía en su propio gusto, pero sobre gustos hay mucho escrito, que no leído; el gusto no es innato, sino adquirido. No le ayudarán ni una crítica aún naturalista, además de arbitraria, ni una educación llena de rígidos esquemas y no menos rígidos tontemas y bobemas en sus análisis de textos. Su principal referencia es el entretenimiento por el entretenimiento. En consecuencia, ahora somos lo suficientemente ricos y cosmopolitas como para permitirnos leer como provincianos. La sencillez puede ser amiga de la novela de calidad; la simpleza, no; y en cuanto a la buena voluntad, es el principio, no el fin.

Así que el lector es reflejo de su sociedad y, como tal, es razonablemente acrítico; es decir, no es exigente ni selectivo, no le empuja la curiosidad de saber, sino la necesidad de saber "qué pasó"; es un lector de anécdotas, no de sentido. No creo en la decadencia de la novela, y si acepto la de la lectura es porque creo firmemente en la decadencia del lector. Parafraseando una afirmación de Fernando Savater sobre el pensar bien, puede decirse que "quien no se esfuerza en leer, no leerá nunca nada verdaderamente interesante".